Eje 8: Violencias de género. Ni una menos

En los últimos dos años, nuestra región ha sido protagonistas de masivas movilizaciones feministas contra la violencia que se ensaña contra las mujeres y otros cuerpos feminizados. Una enorme insumisión viene agitando nuestros territorios desde que salimos a la calle con la consigna Ni Una Menos en junio de 2015, revitalizando un movimiento que nunca dejó de andar en las calles pero que cada vez suma mas cuerpos y voluntades rebeldes, sobre todo entre las más jóvenes. Esta rebeldía, como si fuera un efecto de mareas, se ha contagiado a diversas regiones pero se siente muy fuerte en América Latina y el Caribe. El último 8 de marzo, además, mediante diversas coordinaciones internacionales, nos plantamos frente a los poderes institucionales y económicos para defender la integridad de nuestras vidas organizando el Paro Internacional de Mujeres junto con 50 países que de una manera u otra se sumaron a este grito internacionalista: si nuestras vidas no valen, produzcan sin nosotras. Sin embargo, cuando amanecía ese mismo 8 de marzo, más de 40 niñas fueron quemadas en un hogar en Guatemala, después de años de sufrir vejámenes misóginos. Y sin la misma inmediatez, seguimos asistiendo al descuento cotidiano de cuerpos de mujeres y niñas asesinados por la violencia feminicida.

Nosotras nos rebelamos, pero la violencia no se detiene ¿Qué es lo que no vemos?

La insumisión puesta en acto en las calles nos muestra como mucho más que puras víctimas, tampoco somos meras receptoras de políticas asistenciales. Como feministas, queremos cambiarlo todo: las relaciones interpersonales, las relaciones políticas, económicas y culturales.

¿Es posible reclamar a los Estados políticas públicas contra la violencia patriarcal cuando esos mismos estados son los que la ejercen, la perpetúan, le aseguran impunidad a los ejecutores? ¿Podemos separar esta demanda de atención y cuidado para las sobrevivientes de violencia sin denunciar a la vez la explotación económica y la concentración del poder de los grupos empresarios que sostienen el giro a la derecha de los gobiernos de la region? ¿De qué manera es posible narrar el modo en que se sostienen en un engranaje cómplice las violencias patriarcales en las relaciones interpersonales y las violencias institucionales también profundamente patriarcales?

Estas preguntas estuvieron en primer plano cuando usamos la herramienta de la huelga, el último 8 de marzo y por eso resultan fundamentales a la hora de pensar y hacer fuertes los nuevos activismos feministas que han logrado saltar el cerco de las ya convencidas para convocar a cada vez más amplios sectores de la población. El umbral de tolerancia a las violencias machistas ha bajado, las denuncias aumentan, lo que da cuenta de que las voces femeninas se empoderan para enfrentar la violencia. En escuelas, universidades, sindicatos y organizaciones sociales hay una enorme demanda para elaborar protocolos u otras herramientas que puedan dar respuesta a quienes son victimizaras. Sin embargo, la respuesta patriarcal es violenta: desde los medios de comunicación se estigmatiza al feminismo y hasta se pone en circulación que las manifestaciones son responsables del aumento de violencia. ¿Qué capacidad tenemos para enfrentar los discursos hegemónicos en los medios de comunicación? ¿Cómo podemos hacer presión para que más mujeres y feministas estén presentes en los medios con otros mensajes? ¿Cómo hacer visible que la violencia machista es un entramado que incluye la explotación económica que afecta de manera diferenciada y más aguda a las mujeres y nos hace vulnerables a la violencia?

Pero además, la masividad de la respuesta feminista puso en primer plano la enorme diversidad del movimiento de mujeres y feminista y se reclama atención para las formas coloniales de la violencia, para enfrentar al racismo, la transfobia y la lesbofobia. ¿Qué capacidad tenemos las feministas para articular todas las voces, para nombrar todas las formas de ser, de estar, de amar, de formar familias? No podemos decir Ni Una Menos si cuando lo decimos no se escuchan las voces de mujeres trans y travestis, de las mujeres de pueblos originarios, las negras, las lesbianas. No podemos dejar de visibilizar la crueldad y la expresión máxima de violencia que enfrentan día a día las mujeres afro, indígenas, trans y de la diversidad, violencia que para todas no es igual, ya que para quienes encarnan cuerpos no hegemónicos la amenaza es mayor cuanto mayor es la invisibilidad de las existencias disidentes y pone en riesgo desde el acceso a la salud, la educación, la justicia hasta la mera circulación por el espacio público. Violencias, que muchas veces son normalizadas hasta por las propias organizaciones feministas que al tratar de unificar, de homogeneizar las luchas, obturan las identidades propias de la enorme diversidad del movimiento feminista. La herencia colonial nos golpea duramente, tratando de anexarnos a una cultura que no es la nuestra, forzándonos a vivir bajo el capitalismo y el patriarcado, naturalizando o negando el racismo. Estas también son expresiones de violencia.

Las manifestaciones feministas, la marea feminista interpela a los Estados pero también nos interpela hacia dentro de nuestras propias formas de organización ¿Cómo volvemos a todas las organizaciones, políticas, sindicales, estudiantiles, sociales, permeables a las nuevas demandas?

Nos preguntamos a menudo qué es lo que los Estados no hacen para frenar la violencia, pero tal vez es tiempo de preguntarnos de qué modo los estados, en su engranaje funcional con el patriarcado, promueven la violencia cada vez que no se nos reconoce como productoras de valor, cada vez que niegan las tareas de cuidado como trabajo sometiéndonos a un auténtico régimen de explotación que se pretende invisible, cada vez que nos fuerzan a la financiarización compulsiva de nuestras vidas, cada vez que se expropia a los pueblos originarios de sus tierras y se avanza mediante el extractivismo y los agronegocios sobre la naturaleza y sus dones vitales, cada vez que se nos niega el acceso a la Justicia y se deja en un cajón la persecución a los feminicidas como si nuestras vidas no contaran.

En conclusión, todo este florecimiento del movimiento de mujeres que se han sumado por millones nos plantea el enorme desafío de transformar su indignación y su rabia ante los feminicidios y contra la precarización de nuestras vidas en conciencia militante.

Y nosotras como militantes feministas tenemos la responsabilidad histórica de profundizar en nuestras reivindicaciones siendo ampliamente inclusivas con todas las mujeres de todos los grupos que nos conforman sin exclusiones.

¿Como lo haremos?

Tenemos por delante el enorme desafío de volver a construir juntas un nuevo paro para el 8 de marzo, internacionalista y combativo, que de cuenta de nuestra fuerza, que le de voz a las que ya no pueden gritar por la violencia feminicida, que anime a sumarse a cada vez más mujeres, que se proponga cambiarlo todo desde la potencia de nuestro deseo para que tenga sentido decir Ni una menos, porque Vivas y libres nos queremos.